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Carta de amor para A Short Hike

16 de marzo, 2020.
Baja California, México.

—Querido juego colorido.

Barriendo tus vientos con las alas, me he visto sorprendido. Tengo una sonrisa en el rostro. La verdad no sé por qué.

No es una sonrisa cualquiera. No es una sonrisa por tu apartado gráfico precioso. No es una sonrisa por tu quinestésica perfecta. No es una sonrisa por unos personajes adorables y unos diálogos sinceros. No.
Es una sonrisa que abarca a todo eso, y muchísimo más. Porque mientras navegaba en tus corrientes de aire y de agua, mientras ascendía por tus laderas y desfiladeros, siento volver a mí una sensación que hará tiempo había olvidado. La sensación es tan cálida y tan diferente que parece llevarme a otro lugar, a conocer otra forma de estar, de sentir.

Continuo. Me abro paso montaña arriba. Recolecto plumas, conozco a otros visitantes. Colecciono objetos y me meto a nadar en estanques térmicos. Recorro senderos y escalo grietas que me llevan a mi meta. La cima de la montaña. Todo se vuelve difuso. Realmente estoy aquí. No hay nada entre mí y lo que estoy observando. Nada de extraño hay entre mí y el cielo, y las montañas y el mar. Una alegre tristeza se infiltra en mi umbral de emociones, y antes de que alcance a saborearla, suena un tono de llamada.

Tengo una plática con mi madre. Había subido hasta aquí para poder hacer precisamente eso, pero el propósito me pesaba a la hora de ascender. Ya no me hacía falta, y cuando vuelve a mí, finalmente sé lo que A Short Hike me trae de vuelta. Soy capaz de describir mi propia sonrisa. Eso que estoy sintiendo, al final de todo, tiene un nombre

Paz.

Este soy yo, pescando en uno de tus ríos, al pie de la cascada.

Me sentí abrumado cuando te vi por primera vez, cuando me dejaste encariñarme con tu geografía. Cuando me dejaste recorrer tus valles y su colinas, y sobrevolarlos sin límite. Cuando me permitiste pescar tu fauna y florecer tu flora, y aunarlos en melodiosa orquesta cantada por el bosque. Y no me obligaste a hacer nada de eso. Tú sólo estabas existiendo, absorto en respirar una brisa que recorre las briznas de todas tus hierbas

Ascendí a una vela gigantesca, que resplandecía al llegar el crepúsculo. Rompí un récord mundial en un deporte que no existe. Corrí en un maratón aunque ni siquiera estaba registrado en él. Guié a un mapache en su camino para encontrar inspiración, y me gusta pensar que su arte lo hizo sentirse bien consigo mismo. Ayudé a un zorro a subir a una cima, y me tomó una nueva foto de perfil y miramos juntos una aurora boreal purpúrea. Y me sentí más que feliz haciendo todas esas cosas.

¿Y sabes por qué pasó todo eso? Porque no me empujas a tus cauces.
Tus cauces me empujan a ti.
No me presionas, no me hechas el reloj encima. Tu aire me eleva hacia tus cielos, vuelo sin siquiera dejar el suelo. Corro entre tus nubes. Nado entre tus pinos. Me entrego sin miramiento a tu fresca vastedad.

Y aunque tus sendas se cismen y exploten en mil direcciones, siempre sé en qué dirección andar. No es tu laberinto un artificio carcelario, sino un edén, un paraíso, un verso a la libertad.

Y condensas un par de horas en un idílico instante.

Sé que pasará tiempo antes de ver a alguien igual que tú, o parecido a ti. Pero esperaré. Y aunque no han pasado ni dos días desde que dejé tu isla, yo sé que sigo ahí, ascendiendo hacia tu cima.

Te extrañaré.

Ricardo Guerrero.

Un día comencé a escribir sobre lo que los videojuegos me hacen sentir. Parecía tener sentido. No he dejado de hacerlo; no lo dejaré de hacer.

Escribo para Isla de Monos.
Estudio Lengua y Literatura de Hispanoamérica.
En general, soy una persona.

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