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Burning Crusade, volviendo a abrir el Portal Oscuro (I)

Cuando empecé mis aventuras por Azeroth no pensaba, ni de lejos, que quince años después, me sentaría delante del ordenador para volver a escribir sobre el juego que me descubrió el maravilloso mundo de los MMO. Muchos han sido los que han pasado por el ratón y el teclado de un cada vez más experimentado jugador, que cumplía años a la vez que sus personajes subían de nivel… y sin embargo, aquí estoy, debatiendo con mi Adrián de 12 años, intentado llegar a un acuerdo para poder escribir un texto que se pelea entre la experiencia adquirida con los años y la nostalgia más arraigada; parece que no, pero es complicado.

Burning Crusade cambió parte de mi visión de los videojuegos, o más bien, parte de la visión de un chaval de 12 años que solo conocía los videojuegos de puertas para dentro de su habitación. Por aquel entonces aún estaba muy reciente aquella conexión de 56kbps, con su característico ruido del averno, esas esperas hasta la 18:00 para disfrutar de la tarifa plana y donde una llamada telefónica tiraba abajo cualquier carga de una primigenia Youtube. En ese momento donde Diablo II y Counter Strike ocupaba todas nuestras horas en el ciber más cercano de nuestro colegio apareció un colega cual pirata que recomienda otro videojuego en el SCUMM Bar: “¿conoces World of Warcraft?”

Aquel día, tras horas y horas de duras negociaciones con mis padres acerca de cómo iba mejorar en mis estudios a cambio de una suscripción, se abrió en mi Dell reciclado de una oficina, el Portal Oscuro que lograría cruzar algún tiempo después.

Aprendiendo a golpes

Se que esta introducción la ha escrito mi yo de 12 años, pero es que no podría ser de otra manera. Entrar a jugar a WoW fue duro pero satisfactorio, una mezcla explosiva de un espíritu joven que se niega a leer tutoriales y que solo quiere acción y acumular el mayor número de objetos. Tardé poco en darme cuenta de que las mismas reglas que aplicaba en mis juegos en solitario, donde todo era inmediatez y machacar botones, no servían para el mundo que proponía Blizzard.

Aquel MMO tenía sus propias reglas y si quería adentrarme en su universo tendría que ser como dictase las propias reglas de su universo. Poco a poco, y casi a golpes, aprendí que si quería resolver una misión dependía solo y únicamente de algo tan básico, que nunca había hecho: leer las descripciones de las misiones. Aprendí qué era aquello de los “cooldowns”, las rotaciones y la gestión de los recursos que, aunque inconscientemente ya lo hacía de una manera involuntaria en Diablo, pasó a convertirse en la piedra angular de todo cuanto planteaba.

Todo aquello, y mucho más, llevó horas de ensayo-error en una época donde tampoco existía una base de datos completa con todo tipo de detalles, como tenemos hoy en día. Miento, sí que existía y se llamaban “otros jugadores”, pero como tantas otras reglas, me resistía a comprender que era así como mi personaje debía evolucionar: compartiendo todo el conocimiento que había adquirido con otros jugadores y a su vez ellos conmigo. 

Por mis palabras parece que era un chaval asocial, y nada más lejos de la realidad, pero ese choque al pasar de la aventuras en solitario a un mundo vivo con jugadores reales era una barrera que aunque alta, no veía. Superarla hizo que la experiencia cambiará radicalmente; descubrir las raids, compartir vivencias y unirme a un clan fueron las últimas piezas que faltaban para completar el puzle y que marcarían mi manera de ver el mundo de los MMO. Por otro lado, y también sin darme cuenta, me ayudaría salir de mi zona de confort y comprobar cómo podía adaptarme a una manera totalmente diferente a la que estaba acostumbrado.

Volviendo al hogar

Se que la introducción de este texto es extensa y mucho más personal de lo que podría esperar pero, si la he querido enfocar de esta manera, es porque se de buena tinta que mi caso es el de mucha más gente. Patente queda al ver la cantidad de usuarios que han vuelto a ponerse sus armaduras, para revivir las aventuras que años antes ya habían completado. Volver a ver esa película que tanto nos gusta, donde ya sabemos que va a ocurrir pero, aún así volvemos a gastar horas de nuestra vida para volver a rememorar y redescubrir porque nos gusta tanto.

Al final es una forma de volver a un lugar añorado, pero hacerlo con la experiencia adquirida a lo largo de los años. Una espada de doble filo por otra parte, porque también hemos ido cogiendo malos hábitos que WoW nos enseñó que debíamos dejar a un lado y que hemos ido asimilando y normalizado como consecuencia de la evolución de los propios videojuegos. Volver a Terrallende es volver a esa zona de confort, donde para muchos empezó todo. Volver a visitar todos y cada uno de los lugares más emblemáticos de Azeroth es, en cierto modo, volver a visitar nuestra casa.

Esta es la introducción a lo que espero que sean varias entregas. Me resisto a condensar todo en un solo texto porque ya solo al crear mi personaje de nuevo, se vinieron a la cabeza líneas y líneas enteras con las sensaciones revividas. No solo sensaciones sino también las sensaciones de volver a enfrentarme de nuevo a muchas mecánicas que creía olvidadas y muchas otras que se han quedado inamovibles, tanto como para tener que volver a adaptarme a ellas. Una visión de un jugador que se bajó cuando los pandas llegaron a este universo y que ha vuelto como el hijo pródigo con esta versión con la misma ilusión de aquel crío de 12 años.

Alzaos hijos de la horda, sangre y gloria nos esperan.

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Con un mando entre las manos desde el 92. Crecí con un dragón morado, un erizo azul y un fontanero que no se dedica a la fontanería. De mayor intenté comerme la tarta... pero era mentira. Retarme a un duelo de insultos puede ser una decisión mortal. Y por si fuera poco, dirijo una isla de monos... por lo que de mayor ¡quiero ser un gran pirata!.

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