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1971: Project Helios, el invierno más crudo por turnos

El peor enemigo al que me he enfrentado no tenía rostro humano, ni siquiera era físico. El frío nos llevo a mi escuadra hasta límites insospechados. Aún así, la misión estaba por delante.

Todavía no se muy bien como acabó llegando hasta mí esta misión. La experiencia siempre es un grado, no lo dudo; he comandado pelotones contra los Locust, una escuadra bien formada contra alienígenas e incluso he reunido un peculiar equipo formado por conejos y dos hermanos fontaneros. Sin embargo, no puedo olvidar la última frase que escuché antes de colgar el teléfono: “espero que tengas un buen abrigo, lo vas a necesitar”. Disfruto con estas misiones, no voy a negarlo, pero aún estado curtido en cientos de batallas hay algo para lo que nadie te prepara: una guerra en un invierno perpetuo.

Nadie me advirtió de lo que se avecinaba. Parecía una misión fácil: partir desde el punto acordado, llegar a Tebas y recuperar a la única persona que podía solucionar esto, la Doctora Margaret Blythe. Sí, la climatología no acompañaba pero nada que una misión completada en tiempo récord no solucionase.

Que bonito hubiese sido haber encontrado vehículos, recursos y ningún enemigo en nuestro camino. Que bonito haber podido encontrar a Margaret a la primera, ¿verdad?. Que misión tan fácil hubiese sido y sin embargo, aquello se convirtió en el mismísimo infierno. Y el frío… joder, no me olvido del puto frío.

Acción, reacción

Estrechar la mano de Émile y Hannah convirtió en realidad aquella misión que hace unos días era simplemente un planteamiento. Dos buenos soldados, expertos en escopeta y rifle respectivamente, dispuestos a cumplir la misión que teníamos por delante. No tardamos mucho hasta encontrarnos con nuestros primeros enemigos y en seguida tomé el rol para el que había sido reclutado. Las órdenes eran lo mío, por turnos, con la tranquilidad y la frialdad del que prepara el jaque mate al rey. Como en otras misiones, mi tarea era utilizar las habilidades de mis soldados de la manera más eficaz, para acabar con el enemigo.

Dos acciones normales por turno (o una especial) y soldado era todo lo que tenía a mi alcance para acabar con cuanto se me pusiese delante. Las acciones iban desde movernos por el mapa para cubrirnos o encontrar el mejor ángulo, pasando por los ataques de cada uno hasta acciones especiales como tiros directos a la cabeza o armarnos con pesados escudos para evitar daños.

La posición es una de las cosas más importantes a la hora de plantear un combate en este tipo de misiones. Por muy bueno que fuese el soldado siempre teníamos un porcentaje de acierto, basándonos en la cobertura que teníamos, que se podía alterar si teníamos la visión correcta del enemigo. A decir verdad, en esta misión la exigencia en cuanto a porcentajes no fue muy excesiva (como que agradezco).

Pasar de fallar con un 95% de probabilidad de acierto a tener un sistema de 50% o 100% hizo mucho más llevadera la misión. Eso sí, las veces que he confiado en esa moneda al aire, y no lo conseguí fueron más de las que me gustaría reconocer. Aún así hubo veces en la que manejar todo desde mi atalaya fue bastante engorroso. Si al menos los muros se hubiesen vuelto transparentes al mover la cámara, hubiese podido ver mejor las acciones que llevaba a cabo. Estoy hablando de cosas que solo ocurren en un videojuego…

Refrescados los conceptos básicos no tardamos mucho en encontrar problemas. Problemas de los que, para salir indemne, solo tienes una opción: no mirar mucho la pistola que te apunta a la sien y aceptar todo cuanto te digan. Los sucesos de la misión, así como los desenlaces del mismo, están totalmente clasificados y no va a ser la primera vez que me salte una norma. Sin embargo si que se me permite desvelar que llegamos a ser un pelotón de hasta 8 soldados, de bandos diferentes y con motivaciones totalmente enfrentados, con un pacto entre sí para lograr un objetivo común: salvar a Margaret y evitar una catástrofe mayor.

Esta alianza temporal me sirvió para estudiar a cada uno de los sujetos. Personas sin relación alguna, con sus propios intereses, conviviendo en un campamento improvisado en el cual se formaron lazos más fuertes de los que me hubiese gustado. “Bajo ninguna circunstancia debes dejar que la línea entre el trabajo y lo personal se desdibuje”. Sabias palabras las de mi General que pocas veces he conseguido aplicar.

Allí, alrededor de la hoguera, fue donde más aprendí de cada uno. A través de diálogos y documentos que encontrábamos en campo abierto conseguí entender porque 8 personas estaban jugándose la vida por alguien que, en algunos casos, ni conocían. Además aprovechábamos aquellas paradas para utilizar todo lo que habíamos encontrado allí fuera y mejorar el equipamiento y las habilidades de cada soldado.

El campamento es el mejor sitio para escuchar a tus camaradas

Aún así, aunque tuviese aprecio por cada uno de ellos, cada día que salíamos tenía que tomar una de las decisiones más duras y díficiles: escoger a cuatro de ellos y exponerlos al frío; o lo que es peor a una muerte asegurada. Eso sí, no me podía quejar de opciones: contábamos con un experto en explosivos muy obsesionado con las probabilidades, dos soldados bien fornidos capaces de combatir cuerpo a cuerpo, dos francotiradores con mejor vista que un águila cazando a su presa, una increíble cazadora con un perro como arma principal y dos expertos en escopetas capaz de darle a la cabeza de un alfiler a metros de distancia.

Al principio creía que casi todos se parecían entre sí, pero con el paso de los días me di cuenta de que las habilidades de cada soldado les convertía en únicos y puestas a mi servicio, nos daban muchas opciones a la hora de plantear una incursión.

Incursiones que nos llevaron a recorrer kilómetros y kilómetros durante más de dos semanas de trayectos a través de búnkeres, campo abierto, hangares o montañas, todas recubiertas con capas gruesas de nieve. No han sido los escenarios más cómodos para combatir, pero supimos adaptarnos. Que remedio.

El enemigo invisible

No quiero (ni puedo) olvidarme del frío. Aquel elemento nos iba a dar más molestia que la propia nieve que nos encontrábamos a nuestro paso. Que ilusos fuimos. Conforme pasaban los días el frío nos congelaba hasta tal punto que en los combates perdiamos vida con cada turno que pasaba. A veces no era más que un viento helado pero en muchas ocasiones se nos calaba hasta los huesos, dejándonos la vida bastante más mermada que nuestros propios enemigos. Menos mal que no a todos nos afectaba pero, a los que sí, había que tenerles siempre un ojo encima.

Cuando creí que el frío nos iba a ganar la batalla antes de encontrar a Margaret, apareció un elemento que nos salvó (literalmente) más de una vez la vida. Algunos decían que había caído del cielo, otros que simplemente era el fluido que nos había condenado a vivir como vivíamos. El fulgor fue parte de nuestros combates: curaba nuestros daños por frío, nos permitía volver a usar nuestras habilidades antes e incluso recuperaba a algún compañero que hubiese caído. Siempre hay un problema, y en este caso es la escasez.

La marca del Fulgor

No rebuscar en cada zona era sinónino de pasarlo realmente mal. Aprendí a base de palos pero, aún a regañadientes, todos buscaban el fulgor mientras entre los cadáveres de nuestros enemigos mientras avanzábamos a nuestro destino. Eso sí, de haberlo sabido hubiese hecho un pequeño hueco para un mapa o un sistema de localización (¿existía el GPS en aquella época? Me hago demasiado mayor). Muchas veces perdimos más tiempo buscando en sitios donde ya habíamos estado que avanzando en la misión y se podía haber evitado.

Todas las misiones sus partes buenas pero también partes malas que suelen ser las que se recuerdan con el tiempo, no siempre, pero así de injusta es la memoria. No puedo contaros ninguna misión en la que todo haya salido como la seda. Y puede que nunca llegue a contárosla.

Como jefe al mando de esta misión siempre jugué con un handicap importante que lastró mi avance en cierta medida. Mis órdenes eran claras y concisas: “Pase lo que pase, nadie puede caer en combate”. Como resultado de esto, allí fuera en el campo de batalla, siempre sentí en inferioridad, aunque superáramos al enemigo en número. Perder un compañero significaba el fin de la misión por lo que la estrategia era siempre la de mantener con vida a la compañía antes que priorizar objetivos. Un desbalance que en otras misiones no existe y con el que hay que convivir aunque fuese utilizando a nuestros soldados más fornidos como cebo. ¿El fulgor? Sí, nos fue muy útil en ocasiones, pero su limitación nos tenía siempre pendientes de un hilo.

Por último no puedo olvidarme de la radio que nos entregaron antes de salir hacia nuestro objetivo. Al General le pareció buena idea ambientar nuestros combates con algo de música, para motivar a la compañía. Acertó en gran parte del planteamiento pero su error llegó en la selección escogida para los combates. Tan solo unas cuantas piezas musicales (tres o cuatro a lo sumo) se repetían constantemente y en bucle, siendo melodías machaconas y repetitivas que no encajaban con el fulgor de la batalla. Al tercer o cuarto día bajamos el volumen de la radio y nadie del equipo se quejó de la falta de aquella música. Sin embargo, la música al llegar a nuestro campamento o mientras avanzábamos aún sigo tarareándola por casa.

1971: Project Helios

Aunque ya han pasado años desde aquella misión la sigo recordando con cariño. Tal vez no sea la mejor misión a la que me he enfrentado, ni la más complicada en cuanto a conceptos, pero sin duda tenía un planteamiento ajustado para que cualquiera que hubiese estado menos curtido que yo, podría haber completado. Recorrer todos y cada uno de aquellos parajes fue una experiencia que aún guardo en mi retina y aunque en ocasiones puntuales nos encontramos con algún error que otro, pudimos disfrutar de la misión de principio a fin. Disfrutar dentro de lo que es una guerra… ya me entendéis.

Ahora solo me queda descansar y esperar que mi experiencia os haya servido para recordar lo que una vez hicieron 8 locos allí fuera. Cambiar el destino de una humanidad en guerra que no merecía ser ayudada.

Aún no se quien estaba detrás de esta misión pero si pudiera hablar con ellos les felicitaría sin duda por haberme mandado allí, incluso con el frío y la falta de recursos a nuestro alcance.

Este análisis ha sido realizado en una PlayStation 4 PRO gracias a una copia digital cecida por Meridiem Games

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Con un mando entre las manos desde el 92. Crecí con un dragón morado, un erizo azul y un fontanero que no se dedica a la fontanería. De mayor intenté comerme la tarta... pero era mentira. Retarme a un duelo de insultos puede ser una decisión mortal. Y por si fuera poco, dirijo una isla de monos... por lo que de mayor ¡quiero ser un gran pirata!.

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