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La muerte de las consolas

La muerte de las consolas es un fenómeno inevitable, pero podrían existir mejores servicios oficiales para seguir disfrutando del legado de las consolas más antiguas

La muerte de las consolas. Éstas vienen y van. Los ciclos se acaban dando paso a otros novísimos. Sin embargo, el jugador que no sepulta lo antiguo porque lo valora sigue disfrutando de aquello que ya no es mainstream ni está en boca de todos. Como jugador de videojuegos, me marco mis propios tiempos, no estando supeditado a la actualidad. Esa es la razón por la que cuido mis consolas con el mayor de los cuidados; con todo, hace escasos días, mi Playstation 3, adquirida a principios de marzo de 2010, comenzó a fallar. En un principio, pensé que era a causa de la salida HDMI, que se había desoldado, quemado o algo por el estilo; no, el origen del fallo estaba en el procesador gráfico, que impide que la salida de vídeo por HDMI supere los 576p. La mantengo conectada de esta manera, pero bajo esta resolución, lo que me va a impedir seguir disfrutando de mi ya veterano sistema en condiciones.

Cuentas pendientes

Todo esto proviene de unas cuentas pendientes que tenía con The Last of Us en su versión original de 2013. Cuando un juego me interesa y quiero homenajearlo, más allá de escribir un texto o de dedicarle un podcast, tengo por costumbre exprimirlo y, en el caso de los títulos lanzados en los sistemas Playstation a partir de PS3, obtengo el platino siempre y cuando entre dentro de lo razonable. Por ejemplo, sacar el platino de títulos como Red Dead Redemption II es algo que no se me pasaría por la cabeza porque no me gusta jugar online y habría que dedicar una cantidad indecorosa de horas a este modo. Esto es, que les saco todo el jugo cuando entra dentro de mis posibilidades. No quiero estar bajo las ruedas de la muerte de las consolas.

Teniendo lo anterior en mente, alrededor del verano de 2014, obtuve los trofeos online de The Last of US. “¿Por qué lo hiciste si no te gusta jugar online?” Porque el juego lo merecía (lo merece) y contaba con la ayuda de un amigo. Fue una experiencia muy divertida y la recuerdo con especial cariño. Conforme pasaban los meses y los años fui postergando la obtención de los trofeos relacionados con los coleccionables: “Ya les buscaré un hueco”, pensaba. Y aquí estoy, casi 7 años después, con el platino de The Last of Us recién adquirido, pero no a cualquier precio.

Lo que he expuesto hasta ahora, la muerte de las consolas, pese a ser una vivencia real, me lleva a reflexionar acerca de cómo y cuándo debemos jugar a los títulos. ¿Qué ocurre, que debo disfrutarlos en su momento y cuanto antes? No estoy hablando de presión social, sino de presión tecnológica. Todos estos sistemas electrónicos fallarán tarde o temprano, ya sea por la obsolescencia programa o por el material de los componentes. Entonces, ¿debemos asumir que nuestras consolas y PCs fallarán indefectiblemente en el futuro? Así es, más en una sociedad orientada al hiperconsumismo; el problema reside en que yo no soy hiperconsumista, sino que me impongo mis propios tiempos, reitero. ¿Y si dentro de diez años quiero disfrutar de ese juego de PS4 que he ido posponiendo hasta el momento? ¿Y si dentro de treinta años deseo volver a experimentar Demon’s Souls bajo el sistema original que fue concebido? Son demasiadas preguntas, la cuales me conducen a…

Retrocompatibilidad, emulación y preservación: Entes indisociables

La retrocompatibilidad y la emulación son la solución a la muerte de las consolas. La excusa de que la arquitectura de PS3 era demasiado compleja como para que PS4 pudiera ser retrocompatible poseía algún sentido en 2014, ya no. No es lícito que un sistema como Playstation 3 permanezca estanco, sobre todo cuando su catálogo es impresionante. Cierto es que los principales títulos han contado con remasterizaciones o incluso con remakes, pero ¿qué he de hacer con todo mi catálogo de PS3? ¿Malvenderlo? ¿Guardarlo porque sí? Para disfrutar de dicha colección de aquí a unos años debería de agenciarme una PS3 de segunda mano y rezar para que, con el tiempo, no se estropee. Desde un punto de vita puramente económico, tanto mi consola como mi colección están amortizadas, ¿pero eso me impide que pueda seguir disfrutando de ellas?

Es aquí cuando veo imprescindible, más en este tipo de sistemas que albergan tantísimas obras a sus espaldas, la retrocompatibilidad. Sabiendo que PS5 va a ser compatible (no al 100 %, ojo) con PS4, la ansiedad de que esta última se estropee disminuye casi por completo, ¿pero será una hipotética PS6 retrocompatible con PS4? ¿Y con PSX, PS2 y PS3? Sabiendo que el formato físico es tan sumamente perecedero, creo que no estaría de más que las propias compañías contratasen equipos de ingenieros para desarrollar emuladores totalmente fidedignos con las obras originales. Os expongo lo siguiente: Imaginad que una compañía como Sony pone a la venta para PC (o la consola de turno) un emulador oficial que emule juegos digitales ofertados en una tienda digital, ¿sería esta una buena idea? Yo creo que, al menos parcialmente, sí. Mucho mejor que depender de la ley de la selva imperante en el mercado de segunda mano.

Mientras tanto, hemos de conformarnos con el hecho de que aficionados apasionados nos brinden emuladores para seguir disfrutando de nuestros vetustos juegos, sin miedo a que un componente electrónico muy específico (y caro) suponga una pérdida total de nuestra consola. No quiero ser aguafiestas para los consoleros (yo lo soy, y de pura cepa), pero mucho me temo que si, salvo por la labor de Microsoft en temas de retrocompatibilidad mejorada, dependemos de compañías como Sony o Nintendo, estaremos condenados a seguir las pautas que nos marquen unos u otros departamentos de mercadotecnia y ventas.

Coda

Que el videojuego en sí mismo y todo lo relacionado con él está imbricado sustancialmente bajo los parámetros de la lógica capitalista es algo impepinable. El mismo videojuego es un producto dentro, por y para el capitalismo, y el que defienda o crea lo contrario, no se ha enterado de nada. De cualquier manera, creo que esta lógica no es incompatible con la preservación por distintos medios; es más, no hablo de la participación de instituciones públicas como tampoco de piratería o altruismo empresarial, sino que se oferte un servicio que nos haría nuestro ocio más sencillo y accesible. La cuestión reside en el hecho de que el hiperconsumismo de las personas impide la aparición de esta nueva oferta. Quizás si en vez de comprar cosas como pollo sin cabeza, lo hiciéramos de manera responsable, educada y premeditada, todo sería distinto. La muerte de las consolas sería un recuerdo del pasado.

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Un oso (jacoso) varado en una isla de monos.

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