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Juegos que nos hicieron llorar

A veces jugar no va solo de apretar botones y que ocurran cosas. A veces las historias detrás de esos pixeles nos llevan en volandas hasta los rincones más secretos de nuestras emociones

Pokémon Mundo Misterioso, Asier del Bado

Pokémon fue una parte muy importante en mis inicios como jugador de videojuegos, en mi caso en la era de Nintendo DS. Cada vez que salía una de las entregas principales ya tenía claro lo que iba a pedir para mi cumpleaños o navidades. Sin embargo, quizás por mi obsesión casi enfermiza por Pokémon, tampoco dudaba en probar aquellas experiencias que se alejaban más, o menos de la fórmula, desde Pokémon Ranger hasta Pokémon Mundo Misterioso.

Fue este segundo el que me hizo darme cuenta de que los videojuegos también cuentan historias. Es decir, es algo obvio, pero hasta ese momento siempre me había centrado más en la parte lúdica, que en la narrativa.

Tanto en la primera como en la segunda entrega de este spin-off me vi inmerso en aquellas historias sobre la amistad, el sacrificio y la ayuda a quien más lo necesita. Me encontraba atento ante cada diálogo, me preguntaba qué lugares exploraría a lo largo de la aventura, con qué personajes me cruzaría. Nunca olvidaré aquellos momentos en los que los personajes miraban hacia el horizonte y tanto ellos como yo nos dábamos cuenta de lo vasto que era el mundo y lo mucho que nos superaba. Qué nos depararía aquel mundo lleno de misterios.

A pesar de que uno supiera lo que ocurriría al final, hasta que no llegaba, no era consciente de lo dura que iba a ser la despedida con aquel compañero en forma de Pokémon que llevaba el nombre de mi mejor amigo.

Me marcó, pero no fue hasta hace poco, con el remake de la primera entrega, que le dediqué mis lágrimas. Lágrimas causadas por saber que mis sentimientos hacia este videojuego siguen tan vigentes como aquella primera vez.

Asylums for the feelings (tráiler Death Stranding), Santiago H.R.

Cuando Javier nos propuso que escribiésemos sobre juegos que nos hicieron llorar en el pasado, me encontraba pelando cacahuetes. No soy de llorar, mis lagrimales están en la lona desde hace lustros, pero hice un esfuerzo por recordar juegos que me emocionasen. Tampoco soy un sentimental al uso. Vaya problema; pero mi mente siempre busca salidas y soluciones, ya sea desatando… o cortando.

De inmediato pensé en mi primera partida a Streets of Rage, cuya introducción bajo la batuta de Yuzo Koshiro y con una inspiración inequívoca extraída de Sadeness – Part I, de Enigma, me puso los pelos de punta mientras imaginaba el darme de palos con el lumpen y criminales de Wood Oak City. Luego quise rememorar mi también primera experiencia con Super Castlevania IV y el momento en que se alza la verja y suena el Theme of Simon al poco de comenzar la aventura. Pero tras haberlo meditado, tomado un café y fumado un pitillo, he optado por Asylums for the Feeling, de Silent Poets junto a Leila Adu, y por su fuerza narrativa y metanarrativa durante el trailer de Death Stranding en el E3 de 2018.

Aquel año supuso para mí una auténtica encrucijada que debía abordar de algún modo, y esas imágenes de un Sam caminando por parajes desolados y solitarios me conmovieron al proyectarme psicológicamente en él. No lloré, no, pero temblé. 

Tetris Effect, Javier A.P.

Para fortuna de todos, vivimos tiempos donde jugar a videojuegos ya no es una afición relegado a un pequeño grupúsculo extraño y alejado de la sociedad. Al igual que las series o las películas de superhéroes, han ido permeando en distintas capas de la sociedad. Ahora resulta extraño no encontrar a nadie que, como mínimo, eche alguna partida casual a un juego de móviles. Y eso es fantástico.

Que el videojuego se expanda es lo mejor que nos puede pasar a nosotros, los jugadores. Normalizar estas cosas hará que cada vez más gente pueda descubrir las fantásticas obras que tiene este medio. Podrá reír, divertirse, asustar y… emocionarse. Porque sí, creo que cualquier con un mínimo de horas a las espaldas habrá sentido esa mezcla agridulce que da terminar esa aventura que tanto tiempo te ha tenido enganchado. Esos pelos de punta cuando entran los acordes correctos. La piel de gallina cuando llega el clímax de la historia. Debo reconocer que soy una persona bastante emocional.

Será por la vida que he llevado o por cosas del destino, pero si tocas las teclas correctas me deshago completamente. Ya no solo por tristeza. Me encanta cuando algo es tan emotivo y bonito que no puedes contener las lágrimas. Y gracias a este maravilloso medio, he podido vivir esa sensación infinidad de veces: Cada vez que inicio un Kingdom Hearts y escucho la melodía de piano. Cuando derroto al Heraldo de la Muerte en Skyward Sword. Cuando terminé mi historia con Hanako en Katawa Shoujo. Son momentos de catarsis en mi vida como jugador que atesoro con cariño. Pero si tengo que destacar uno por encima de todos… Es cuando Tetris Effect consiguió hacerme llorar.

Cuando, después de esa fantástica primera pantalla, tenía las manos temblando y los ojos humedecidos. Ya no solo por su fantástico tema musical “Connected”, si no que me demostró cómo algo tan sencillo podía reinventarse un poco más. Me demostró que la industria puede expandirse un poquito más.

Heavy Rain, Adrián Fitipaldi

Negar que soy una persona emocional es negar parte inherente de lo que soy. Sin embargo, sólo el cine es capaz de conectar conmigo a tal nivel como para soltar una lágrima. Pixar es sin duda la que está en lo más alto del podio y la que más consigue llegar hasta ese botón que conecta cerebro, corazón y lagrimal.

Por eso cuando se planteó un tema como este, tan personal y profundo, tuve que pararme a pensar si alguna vez algún videojuego había apretado aquel botón que para mí tiene una exclusividad con el mundo del cine. Nada.

¿Ni siquiera una lagrimita? Nada.

Hay cientos de títulos que me han removido decenas de emociones… y sin embargo tuve que rebuscar hasta darme cuenta de algo. Mi parte emocional con los videojuegos viene marcada por el vínculo que establezco con los personajes y, en una parte de mí que agradezco tener bien desarrollada: la asertividad. Aquí es donde entra Heavy Rain.

La historia de Ethan Mars engloba un “¿harías lo que fue por alguien a quien quieres?” que me caló muy hondo. Lo que en un principio fue un “prueba este juego a ver que tal” se convirtió en un “te acabas de pasar el juego entero del tirón. Por cierto, está amaneciendo”. Empatizar tanto con un personaje como Ethan, hasta el punto de casi sentir el mismo dolor o sentir la misma rabia que siente el al no superar una prueba, me llevo hasta el límite de rozar ese botón que creía tener reservado única y exclusivamente para el cine.

Muchos consideran las aventuras de Quantics Dreams como una película interactiva y mucha gente las denosta por ello. ¿Sabéis lo mejor? Acabo de ver donde esta la relación entre el botón, David Cage y Heavy Rain.

Final Fantasy XV, Alex

A lo largo de mi vida, hay varios juegos que me han hecho llorar. Si bien es cierto, que recordarlos todos es imposible, uno que me marcó fue la última entrega de la saga Final Fantasy. En esta entrega, hay algunos momentos tristes, que pueden afectar a las emociones del jugador, recuerdo haber estado tocado por un par de situaciones que me las guardo para mí. Pese a ser un juego duramente criticado, lo guardo en el recuerdo como uno de los grandes juegos de la generación para mí.

Quizá no es el juego en sí el que me haya hecho llorar todo el rato, sino un momento concreto del mismo. El inicio del juego es uno de los momentos más emocionantes que he vivido en mi vida de gamer.

Unos gráficos alucinantes, un mundo entero que se abre ante ti como jugador, unos personajes que se lo están pasando bien; y de fondo, “Stand By Me” de Florence and the machine. Me dio tal subidón de emociones que luego tuve que analizar lo que había pasado porque no acababa de asimilarlo.

En la primera escena, no pasa absolutamente nada triste ni nada que pueda afectar emocionalmente al jugador, pero la combinación de sensaciones a la vez, te pone en esa tesitura. No es algo que me haya pasado a mí solo, consultándolo con más gente, también les ha ocurrido. 

Es la mezcla de emociones y lo bien que combina la música, lo que te llega al corazón. En mi caso va más allá de la mera unión de elementos. Final Fantasy es una saga que me recuerda claramente a mi infancia, y después de tantos años (no tuve PS3) por mi parte sin volver a sentir un Final Fantasy, de repente te encuentras frente al televisor con un mundo enorme frente a ti, con una banda sonora impresionante y muchas horas para disfrutar.

Como dice la canción, Final Fantasy: “Quédate conmigo”.

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Con un mando entre las manos desde el 92. Crecí con un dragón morado, un erizo azul y un fontanero que no se dedica a la fontanería. De mayor intenté comerme la tarta... pero era mentira. Retarme a un duelo de insultos puede ser una decisión mortal. Y por si fuera poco, dirijo una isla de monos... por lo que de mayor ¡quiero ser un gran pirata!.

Mi afán por evadirme no conoce límites y busco cualquier excusa para viajar a otros mundos comprimidos en libros, discos o cartuchos.
Cuando no estoy cabalgando por Hyrule me gusta ver a mechas y monstruos gigantes pegándose mientras sus protagonistas se replantean su existencia.
Sigo esperando a convertirme en zumo de naranja.

Ingeniero informático en proceso y escritor frustrado. Me forjé con las portátiles y todavía sigo con ellas. Estoy en esta tripulación para poder narrar mis aventuras como jugador y divagar sobre esta preciosa industria. En la actualidad soy entrenador de los Alas Nocturnas y maestro de la Llave Espada a tiempo parcial.

Un oso (jacoso) varado en una isla de monos.

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