Lonely Mountains

Escrito por 17:30 Artículos, Destacado

Lonely Mountains; Apuntes de un topógrafo procedural

Ciclismo contemplativo

Los siguientes apuntes fueron hallados en un cuaderno con forro de piel, tirado junto a un cadáver y una bicicleta cuyas ruedas aun giraban, en un desfiladero de Mount Riley; olvidado por la cartografía. Parece que, por ir escribiendo, el ciclista chocó con un monolito y fue proyectado hacia el paisaje. Sirva este texto para reivindicar las andanzas de nuestro anónimo ciclista. (Redactor)

Nota tomada a la sombra de un pino,antes de atreverme a empujar mi bici y comenzar el descenso

El cielo celeste, las nubes; difuminadas por la luz del sol. La hierba fresca y agreste, los cuervos, que con sus alas la ondulan; los pájaros que trazan sus trayectorias, espantados ante nuestro paso; las flores, como luceros coloridos en un océano verde y plomizo. El viento, que hace canto entre gargantas y desfiladeros de piedra; el agua, que refresca una voz paisajística, que fluye, que se abre paso entre los senderos que hemos recorrido, o que vamos a recorrer. La cortina de hojas secas y coloradas, que asciende cuando aceleramos; la arena, el alba y el eventual crepúsculo.
La Montaña.

Se anexa fotografía instantánea, a color, hallada junto con las notas. Autor desconocido.
Nota tomada [con rápida caligrafía] al calor del sol y de la rapidez, girando el maniluvio para esquivar una roca.

Detrás del velo de arcanidad que rodeaba a la montaña {al menos, de primera impresión}, se esconde un costumbrismo campestre, una ruta ramificada, como venas de tierra y pasto, que llegan siempre al mismo corazón, la falda, el final que es, a su vez, el comienzo del viaje. Todas las rutas posibles que se manifiestan durante el trayecto no son más que la agonía de una supuesta proceduralidad, la forma que tiene el relieve de comunicarse y decirnos que cada roca, cada cactus, cada río y cada cumbre responden a un cómo y a un por qué. Si el descendente decide no escuchar lo que la orografía tiene por decir, es probable que acabe como uno más en el creciente cementerio que es el camino. Para evitar unirse a ese cementerio, basta con observar a la montaña en toda su plenitud, sin olvidar que los detalles, las pequeñas cosas, tienen su voz garantizada.

Nota tomada a al borde de un acantilado; desde aquí veo volar los cuervos.

Habiendo agotado sus rutas, he podido ver las grietas que trascienden al terrreno. Cada montaña es un desafío, cada una más compleja y más vibrante que la anterior. Gratehorn es el primer embate, la tienta por parte de las deidades que buscan medir la paciencia del acaso ciclista, y su intento está marcado por las huellas de la hierba y la piedra, conviviendo en un balance satisfactorio; Redmoor Peaks es el ascenso de la imaginación, en el que las sombras de los árboles, los cauces de los ríos y las cortinas de las cascadas exigen su ración de tiempo y de paraíso, y comienzan a entremezclar su voz en la polifonía; Sierra Rivera es la catársis del diseño, ese desierto que tanto otros autores han usado para desafiarse desde la surreal tercera persona, y que provoca al ciclista paseos entre despeñaderos, entre rocas afiladas y bosques de cactus. Mount Riley es la perfección, la tranquilidad de Gratehorn, la belleza de Redmoor, y el desafío de Sierra encajados en un laberinto de claroscuros geográficos y climatológicos. Cada montaña apunta a ser, además de desafío, narración…

Segunda fotografía hallada con los apuntes. La identidad del fotógrafo permanece desconocida al momento de esta redacción.
Nota tomada en la parte final de la ruta, veo un entramado de piedras...

El espacio narra desde su sola presencia, pero el jugador es, a su vez, un narrador del espacio, dentro de él, subordinado a su geografía. Es entonces que cualquier relato posible dentro de los confines espaciales de la obra resulta un elemento indeleble de su diseño. Mil ciclistas han descendido por esa montaña, y al completar la bajada, otro mil bajarán. Para cada uno de esos mil ciclistas, quizá, se trate de una montaña distinta, de un viaje y un paraíso privado. Y desde su inamovilidad y su solidez, la montaña se difumina, y es a la vez mil montañas distintas.

Nota tomada antes del último camino, mi bici acaba de chocar con algo...

La dosificación de los niveles traza un arco de intimidad entre las ruedas y el terreno, entre nosotros y la montaña. Cada atajo y cada sendero se ponen al servicio de ese brutal relieve, cada ruta es una cara distinta de la montaña, y en lugar de considerarse completismo, vacua ansia de coleccionar habilidades y artilugios, el camino me recompensa con más camino, la montaña hace de sí misma una recompensa por nuestras ganas de conocerla, de surcarla.

Nota tom...[ilegible]

Tu mente gira hacia la izquierda, hacia el camino marcado por esos mil ciclistas, pero tu bicicleta, como organismo vivo, ajeno a ti, se ve seducida por un claro, una invitación al atajo. Avanzas como puedes entre pinos, piedra y agua, bordeas un trozo de cielo azul, y encuentras un paisaje, una escenografía de quietudes que te invita a descansar. Y por un instante te olvidas de todo; de la carrera, de la bicicleta, te olvidas de la montaña como desafío, como narración caótica, y la observas como una oda a la contemplación, al fluir con su ecosistema. Te conviertes en parte de ella. La montaña también eres tú.

Último recorte fotográfico del cuaderno. Abandono la redacción de este artículo. Un individuo acaba de caer por un desfiladero, iré a comprobar qué ha pasado…
(Visited 52 times, 1 visits today)

Un día comencé a escribir sobre lo que los videojuegos me hacen sentir. Parecía tener sentido. No he dejado de hacerlo; no lo dejaré de hacer.

Escribo para Isla de Monos.
Estudio Lengua y Literatura de Hispanoamérica.
En general, soy una persona.

Cerrar