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Análisis | En el borde del infinito— El laberinto interestelar de Outer Wilds

De cuando en cuando, llegan obras que me hacen enamorarme del videojuego una vez más. Juegos que hacen tambalearse a las realidades del octavo arte, que se atreven cuestionar sus estándares y a decir: No. No haré lo que se espera de mí. Puedo hacer eso, puedo apelar a lo conocido, puedo no arriesgarme y triunfar por lo que ya soy, o puedo permitirme experimentar.  Puedo hacer lo que yo quiera. Y Outer Wilds, un juego de entre tantos otros sobre exploración espacial, no sólo lo hace. Lo hace como ninguno, y triunfa.

A pesar de ser, esencialmente, un Walking simulator, Outer Wilds nunca permite que esta concepción limite sus ideas. Más bien al contrario, parece hallar un espacio para tocar todo tipo de géneros encapsulados en el mero hecho de caminar. Tenemos un simulador de fotografías; un First person Shooter en el que no matas a nadie al disparar; un ingenioso Puzzle en el que el acertijo es la propia trama y un juego contrarreloj que transforma los escasos minutos de viaje entre planetas en una auténtica eternidad.

Y lo mejor de ver esta filosofía tan iconoclasta en acción, es que todo se retroalimenta. Cada mecánica se ve, en un punto o en otro, potenciada por otra que, en principio, parecería no tener nada que ver. Es probable que avancemos por la trama sin sospechar que en algo tan simple como encender una linterna o tomar una fotografía se torne en un elegante ejercicio de subversión mecánica. Aquí para desentrañar la historia y el misterio no vamos a necesitar mejoras para nuestros artefactos, sino aprender que existen mil y una formas de utilizarlos e interactuar con el mundo gracias a ellos. 

Los planetas que cobran vida.

El camino hacia ninguna parte

Si uno tuviera ganas de ser víctima de odio en internet, podría afirmar que este juego es el Souls de los juegos espaciales. Y si dijera eso, no sólo estaría siendo reduccionista, sino también errado. Porque, aunque Outer Wilds construya sobre el camino labrado por Miyazaki y los suyos, es precisamente esa construcción la que lo eleva por encima de la escuela creada por el género del soulsborne. Mientras que en aquellas obras la reconstrucción de la trama se limitaba a un apartado narrativo, aquí la información obtenida a través de las mecánicas nos permite avanzar por los diferentes escenarios.

Otro género del que bebe este título es del metroidvania. Porque, aunque podamos viajar de manera totalmente libre de un planeta a un satélite o del sol hasta un cometa, siempre nos encontraremos con algún pedazo de entorno que nos frena. Ahora, mientras que en, por ejemplo, Hollow Knight, lo usual sería avanzar con la seguridad de que más adelante obtendremos un ítem que nos ayudará a sortear ese obstáculo; en Outer Wilds es la información lo que nos permite seguir. El saber cómo interpretar una estructura que está semioculta entre las dunas, o el que los peligros que transforman a un mar en una muerte segura nos podrían transportar hasta nuestro objetivo, son la clase de detalles que hacen que este juego sea a la vez una fusión y una evolución de esos dos géneros.

Hollow Knight.

De manera orgánica, Outer Wilds sabe ser su propia obra, sin dejar de rendir homenaje a los que vinieron antes.


Despliegue de arte sin que te des cuenta

Otra forma en la que el juego se desprende de las convenciones es con su apartado visual. Algo especialmente difícil cuando retratas algo tan absolutizado como el espacio infinito, siempre frío, siempre sólo. Pero no aquí. Con una paleta de colores riquísima, y un magistral uso de la luz, se las arregla para dar una marcada identidad a cada uno de sus astros. Es un poema que entra por lo ojos cuando el sol absorbe la silueta de la luna, y convierte a sus bosques en un páramo del crepúsculo. Si lo que esperas encontrar al sumergirte en su noche es un firmamento árido de vida, es probable que literalmente te mueras esperando.

Claro, no es sólo debido a la forma, sino también al fondo, que la plétora de astros cobra vida. Aquí, cada satélite te obliga a aprender y jugar bajo sus propias reglas. Penetrar la atmósfera hacia el núcleo de cada planeta significa aceptar que te estás enfrentando a lo desconocido; a una gravedad extraña, a una geografía que no se queda quieta, a unas formas de entender las piezas del acertijo diametralmente opuestas entre sí. Es una sensación que nunca te abandona, por más que creas haber cartografiado cada kilómetro de superficie, la superficie siempre te guarda ases bajo la manga. Y entonces entiendes que desconoces absolutamente la tierra sobre la cual caminas. 

Me gusta pensar que en esa indefensión ante lo enigmático yace la magia de Outer Wilds. Nadie te dice que no puedas desenrollar más y más misterios, ninguna flecha marca tu trayecto por el cosmos, pero aunque la trama y el entorno parezcan explotar en todas las direcciones y dimensiones posibles, nunca eres tratado como esa pieza insignificante que la ciencia ficción espacial tanto se empecina en afirmar que eres. Se ve roto el ya cansino argumento que usa al vacío del espacio para remarcar nuestra pequeñez frente a sus estrellas

Porque cuando entras en el laberinto que su historia te propone y comienzas a recomponer las piezas, el resultado se asemeja mucho a un montón de ausencias que no podrían estar más presentes. Sigues el rastro de una civilización muerta ya hace mucho, pero que dejó tras de sí una estela de vestigios sobre su vida. Recorres en una nave la soledad que representa el espacio, pero no llegas, ni por un segundo, a sentir que estás sólo. Si no es por la vibrante cantidad de sistemas que resignifican a cada cuerpo celeste, será por la música que se abre paso a través del silencio. Porque esa música representa a otros exploradores, que al igual que tú, se aventuraron sin apenas certeza de qué les esperaba ahí fuera.

No hay falta de cariño en todos esos kilómetros que se vuelven inabarcables ante la vista. No hay ni un ápice de nihilismo que te haga sentir como una marioneta, actuando en contra de lo inevitable. A lo largo de cada partida, entiendes que tu propósito es mucho mayor mientras más pasa el tiempo, que tienes un motivo para estar piloteando esta destartalada nave, ponerte tu traje y salir a desvelar uno que otro secreto milenario.

Para mí, la esencia de Outer Wilds se encuentra en sus momentos más intimistas, en esos pequeños rincones de humanidad. Su esencia se encuentra en sus fogatas y en sus canciones, en sus amigables silbidos, en el atreverte a observar, como el ojo del universo, aquello que no puede ser observado, aquello que se resiste a la interpretación. Su esencia está en sentarte en compañía de tus amigos, y cantarle una canción a la noche. Puede que esa canción sea la última, puede que esa sea la última que los veas, pero habrá valido la pena. Tú llegaste hasta aquí. Tú saliste del laberinto.

Viste cómo un infinito ha llegado a su fin.

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Un día comencé a escribir sobre lo que los videojuegos me hacen sentir. Parecía tener sentido. No he dejado de hacerlo; no lo dejaré de hacer.

Escribo para Isla de Monos.
Estudio Lengua y Literatura de Hispanoamérica.
En general, soy una persona.

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